Voy a ser sincero porque ya pasó el tiempo y no tengo problema en reconocer mis errores. En varias ocasiones me llegué a pelear con mis compañeros dentro de la cancha porque yo no les hacía caso cuando me reclamaban. Era un jugador muy talentoso, pero también debo admitir que, por momentos, fui irresponsable tácticamente. Muchas veces recibía la pelota y en mi cabeza pensaba que podía sacarme de encima a diez jugadores. Creía que siempre podía resolver la jugada solo, cuando la realidad era muy distinta. A veces no lograba pasar ni al primero, perdía el balón y dejaba mal parado al equipo.
Mis compañeros tenían razón al reclamarme
Recuerdo que varios compañeros me llamaban la atención porque querían que jugara más simple, que tocara la pelota o que respetara mejor la parte táctica del partido. Ellos entendían que había momentos para gambetear y otros en los que había que jugar rápido.
Pero yo era muy terco. En ese momento no escuchaba. Pensaba que podía resolver cualquier jugada por mi cuenta y, cuando me reclamaban, en lugar de aceptar el consejo, les respondía.
Eso hacía que en varias ocasiones termináramos discutiendo en plena cancha. Había intercambios fuertes de palabras porque ninguno quería ceder. Ellos me exigían mayor responsabilidad y yo reaccionaba mal porque sentía que podían limitar mi forma de jugar.
Con los años entendí que debía escuchar más
Con el paso del tiempo comprendí que muchas veces mis compañeros tenían razón. El fútbol no se gana solo con talento; también se necesita disciplina táctica, inteligencia y saber cuándo arriesgar y cuándo jugar sencillo.
Esas discusiones me dejaron muchas enseñanzas. Aprendí que escuchar a quienes están a tu lado también forma parte del crecimiento como futbolista y como persona.
Si hoy pudiera darle un consejo al Franklin Salas de aquellos años, le diría que mantenga la confianza para encarar, pero que también aprenda a escuchar, porque el fútbol siempre será un deporte colectivo y las grandes victorias llegan cuando todos empujan para el mismo lado.







